Un pueblo llamado Beartown: el testimonio del honesto Joe Green (1)

Octubre 6, 2009 | Beartown | 292 lectura(s) | Deja un comentario

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Aquí estoy, como si fuera un William Holden cualquiera, contando la historia desde el otro lado de la muerte. Ah, Holden, ése sí que era un cachondo, un tío simpático, como decía mi amigo Parrow de las Vegas.

Unos cachondos, sí, eso es lo que eran todos.

Ahí me teníais, niños y niñas, amigos y vecinos, damas y caballeros, por no olvidarnos de los miserables roedores: Joe Green, el honesto Joe Green, alcalde del mejor y más apacible pueblecito de todo Colorado. Joder, la puta sal de la tierra, sí, señor, eso era Beartown.

Y digo era. Porque ahora…

Pero me estoy adelantando a los acontecimientos. Como si fuera el tipo ciego ése que hablaba de guerras, troyanos, caballos de madera, y de un tío que tenía menos ganas de volver a casa que Rocco Siffredi de hacer voto de celibato. Un chachondo. El griego, digo. Bueno, y Rocco también. Homero. Sí, Homero, como el tipo ése de Springfield. Un cachondo también, sin duda.

Allí estaba Beartwon. La sal de la tierra, en serio, el puñetero paraíso en la tierra, eso era.

Y aquí estaba yo, el honesto Joe Green:

Un tío majo, ¿verdad?. Un cachondo. Alcalde, como lo fue primero mi padre, y antes mi abuelo, y antes de eso mi bisabuelo. Así éramos los Green, dándolo todo por Beartwon. Hasta la última gota de nuestra sangre, podéis jurarlo. Y, bueno, si en el camino algunos dólares se nos quedaban pegados a los dedos, ¿acaso era culpa nuestra?

Un gran pueblo, ya lo he dicho. Dejad que os presente al resto de los habitantes, tal como eran entonces, tal como querrían ser recordados.

Billybob. Un  gran tipo en todos los sentidos. Sus padres también fueron grandes personas. Y sus tíos. Bueno, ahora que lo pienso, sus padres eran sus tíos. Un tío grande de verdad, el bueno de Billybob con su granja de remolachas y patatas. La sal de la tierra:

Y Ben Runsom… ¿qué puedo decir del bueno de Ben? Hombres como él han hecho de este país lo que es. Comerciantes, aventureros, capaces de frotar dos centavos hasta que den un dólar. Sí, eso es lo que ha hecho grande América, el comercio. Y Ben era de lo mejores. Su agua de fuego te hacía salir el pelo en el pecho, y lo que no encontrabas en su bar, es que no existía.

En cuanto a la doctora Kimball, una buena mujer, sin la menor duda. Bueno, quizá en la gran ciudad le llenaron un poco la cabeza con todas esas tonterías de la evolución, los monos y toda esa caraja, pero nadie mejor que ella para entablillar un brazo roto o mandar al carajo un dolor de cabeza. Y lo mismo curaba humanos que animales. Los huesos son los huesos, como decía mi padre.

Claro, el rollo ese evolutivo le causaba problemillas con el bueno del reverendo Lovejoy. Y no lo entiendo, porque, ¿quién podía tener problemas con el reverendo? Comprensivo, amable, nadie como él sabía tratar a los niños. Y, al contrario que otros, no se oponía al progreso. Sabía que la Compañía había venido a Beartwon para ayudarnos. Que era bueno que estuvieran aquí. Un gran tipo, el reverendo:

¿Y qué sería de todo pueblecito que se preciara sin la presencia de la ley? Como decía el sheriff Truman, “la justicia nunca descansa”. Y él tampoco lo hacía. Un hombre infatigable, para el que el deber estaba antes que cualquier otra consideración. Un verdadero defensor de la ley, como no ha habido otro:

En fin, qué puedo decir. Éramos un pueblo pequeño. Pero si los que os he presentado hasta ahora eran la sal de la tierra, el resto de los habitantes de Beartown no lo eran menos. En serio. No había lugar como Beartwon. El puñetero paraíso, sí, señor.

Con problemas, claro. ¿Dónde no los hay? Desde que llegó la Compañía y reabrió las viejas minas, empezó a haber quejas. La gente es como es, no les gustan los cambios, ni siquiera cuando son para mejor.

Billybob, por ejemplo… bueno, Billybob pensaba muchas cosas raras, como que a sus vacas las secuestraban los extraterrestres. Un cachondo, ya lo he dicho. Su padre también tenía ideas raras. Y su tío. Bueno, en realidad, los dos… Y últimamente no nos llevábamos muy bien por ese problemilla con el alambique. Tuvimos que confiscarlo, claro, no era legal.  ¿Betsysue, qué pasa con Betsysue? La mejor vaca de Billybob, sin duda, un animal magnífico, soberbio. Vamos, hombre, esos rumores de que de noche he pasado por las tierras de Billybob y he aprovechado para… ¿no creeréis que…? Y en todo caso, era amor, no sexo. Quería a esa maldita vaca, ¿qué pasa?

A Billybob le costaba aceptarlo. Igual que le costaba aceptar que la Compañía había venido para traernos la prosperidad y ponernos en el mapa. En un lugar importante, carajo. Lo peor es que no estabasolo. El sheriff era un tío cojonudo, ya lo he dicho, pero desconfiaba demasiado de los forasteros. Y, demonios, ser precavido está  bien, pero cuando ya te vuelves paranoico…

La doctora era un poco terca. Sí, vale, se vino de la gran ciudad porque quería tranquilidad (bueno, y no sé qué narices de un manco que la perseguía) y no quería que cambiasen su alegre y campechano refugio rural. Pero, como decía papá, hay que ceder un poco para ganar un poco.

Podía haber hecho que lo viera. Sé que podía haberlos convencido. Si hubiera tenido tiempo…

Menos mal que Ben y el reverendo estaban conmigo. Ellos sí que sabían ver una oportunidad cuando pasaba a su lado. Sí, con su apoyo no iba a tener ningún problema. Todo saldría adelante. Estaba seguro.

Hasta que llegó ella. No, no digo que haya sido culpa suya, pero no sé… todo sucedió a la vez. La niña rica llega al pueblo y de pronto todo se va al carajo.

Allison Parker, dijo que se llamaba. Una completa niña de papa que no ha dado palo al agua en su vida, y tan podrida de dinero que huele a tinta verde:

Eh, no me quejo, que conste. Un poco de clase y categoría no vienen mal por aquí, me dije. Y el dinero que podía traer, mucho menos. Así que la recibí con los brazos abiertos cuando tuvo la mala fortuna de ir a estrellarse en uno de los sembrados de Billybob.

Venga, me dije, deja que pase la noche en el pueblo, que vaya viendo lo bonito que es todo esto y ya verás cómo a la mañana siguiente la tienes en el bote y, antes de que se de cuenta, estará invirtiendo el dinero de papá en Beartown. Y si, en el camino, unos centavillos se me quedan pegados a los dedos… ya me entendéis.

Pero nada. Una niña rica insufrible. Quejándose de todo. Todo estaba demasiado sucio. Todo era demasiado antiguo. Bah.

Me olvidé de ella enseguida. Tenía cosas mejores en las que pensar. Además, me habían llamado los tipos de la Compañía. Y, con lo que pagaban, no iba a hacerles esperar.

Ojalá lo hubiera hecho. Pero, cómo podía yo saber…

(continuará)

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