Un pueblo llamado Beartown: el testimonio del honesto Joe Green (y 2)
Octubre 7, 2009 | Beartown | 211 lectura(s) | Deja un comentario

Mis chicos. Aunque, bueno, si os soy sincero no sé qué narices pinta en la foto de familia la maldita pija, que no me trajo más que problemas. Si es que no se puede ser tan bueno, está claro. Y si algo era Beartown, y todos sus habitantes, era bueno. Lo maldito puto mejor, qué carajo.
Pero me estoy yendo por las ramas, que decía el otro. Y adónde debería irme es a la Compañía. Lo recordáis, supongo, me habían llamado con algo urgente. Y no voy a decir aquello de que uno no muerde la mano que le alimenta, porque el honesto Joe Green muerde lo que tenga que morder, si hace falta; pero se habían portado bien con el pueblo, y de bien nacidos es ser agradecidos, al fin y al cabo.
Así que me fui para allá. Y cuando llegué… bueno, confieso que no sé muy bien qué pasó. En un momento dado estaba allí, charlando tranquilamente con el bueno de Jehosua, el contable, y de pronto mi cuerpo estaba en el suelo con la garganta desgarrada y yo lo miraba desde arriba.
¿Flotar? No, qué carajo iba a flotar. Que no era un fantasma, coño. Yo no creo en esas cosas. El bueno del reverendo Lovejoy puede decir lo que quiera, pero cuando la espichamos, nos vamos para siempre. Pasto de gusanos, eso es lo que somos, por eso hay que disfrutar al máximo de esta vida, carajo. Porque no hay otra.
Ya, os preguntaréis en qué narices me había convertido si no era un fantasma. Bueno, no lo sé. O, para ser más exactos, no lo sabía. Lo único que tenía claro es que acababa de palmarla de una forma nada agradable pero que, de algún modo, seguía por allí y podía ver lo que pasaba. Y lo que pasaba no tenía buena pinta, para nada.
No sé qué coño estaban haciendo en la Compañía, pero algo se les había ido de las manos. El puñetero lugar estaba infestado de zombis. Sí, habéis oído bien. Zombis. Zeta, o, eme, be, i, ese. Putos zombis.
Y no parecía que tuvieran la situación bajo control, precisamente.
¿Y en el pueblo? Eso me habría gustado saber a mí. Y, en realidad, no tardé en saberlo. Porque, narices, si estaba muerto, podía irme a cualquier lugar, ¿no? ¿Quién me lo iba a impedir? ¿La ley de la Gravedad? Sí, venga, como que iba a tener jurisdicción sobre mí a aquellas alturas.
Confieso que lo descubrí de casualidad. Ya sabes, centras tu atención en un lugar y, de pronto, estás allí, o al menos ves lo que pasa. ¿Que no lo sabes? Bueno, peor para ti, pipiolo.
Sí, soy un cachondo, ya lo sé.
Cuando me dio por mirar lo que ocurría en Beartown me di cuenta de que iba a haber problemas. Bueno, iba a haberlos en cuanto llegasen los zombis al pueblo, pero no lo decía por eso. Acababa de llegar una “visita” de la reserva india. John Dreammaker, nada menos. Un puto tocahuevos que iba de chamán y hablaba en cripticonés. Que no, no es el idioma del planeta de Superman, pero como si lo fuera porque no se le entiende un carajo.

Y allí estaba, dándole la vara a la peña mientras comían en el garito de Ben Runsom. Que si no sé qué por aquí, que si no sé cuánto más por allá, que hombre blanco habla con lengua de serpiente, que salir es fácil sólo hay que pedirlo, que no sé cuántas milongas, pajas mentales e idas de olla cada vez que abría su puñetera boca de piel roja.
No, no soy racista. Bueno, o sí. Pero está claro que no están preparados para vivir como personas civilizadas. Claro, se han aprovechado de los huecos del sistema; los muy cabrones astutos sí que son. Como las reservas no están sujetas a la ley federal se están forrando poniendo casinos en ellas. Y eso no está bien, va contra el libre comercio que ha hecho grande a este país. O sea, las reglas son las mismas para todos, ¿no?
Bueno, no, pero ya me entendéis.
No había rastro del sheriff, por otra parte. Al parecer habían descubierto mi cuerpo. Pero, y eso es lo que tiene gracia, lo encontraron en el pueblo, no en las dependencias de la Compañía. O sea, alguien no quería que la gente se acercase por allí a husmear, eso estaba claro. Y si ya antes las cosas me daban mala espina, imaginaos ahora.
No había rastro del sheriff, digo. Se había ido a informar a las autoridades. Todo aquello, al parecer, le venía grande. Y más grande que le iba a venir.
¿Sigo? Sí, ya que he llegado hasta aquí, mejor lo hago.
Zombis. El sheriff que se va a llamar a los federales y desaparece. El alcalde muerto. Un indio diciendo cosas raras. Y, por si fuera poco, alguien había mordido al reverendo Lovejoy. Una vaca. O yo qué sé. Y no parecía que le estuviera sentando muy bien, precisamente. La doctora hizo todo lo que pudo, pero aparte de mantenerlo sedado y de vendarle la herida había poca cosa que hacer.
¿O suena chungo? Tranquilos, que lo chungo no ha empezado todavía.
Alarmados por la tardanza del sheriff, Billybob y la doctora se van a sus oficinas. ¿Y a quién se encuentran allí? Pues sí, a un puñetero agente del FBI. Dox Sculder, trajeadito, con gabardina, gafas de sol y la cabeza como una bola de billar. Bueno, con pinchitos, eso sí.

¿Y qué se le ocurre al bueno de Billybob? Ya os dije que ése chaval era un cachondo. Ni corto ni perezoso amartilla el Winchester ‘73 de su padre y encañona al agente. Así, con un par. El chaval no ha tenido nunca mucho cerebro, pero sí un par de pelotas del tamaño de las Rocosas.
-¡Agente federal, baje su arma!
-¡Una mierda!
-¡Le he dicho que baje su arma!
-¡Los cojones voy a bajarla!
¿Y no va y le pega un tiro al tipo del FBI? Así, a bocajarro, joder. Lo mejor no es eso. Es que no le da. O sea, vale, Billybob no quedaría ni el último en un campeonato de tiro al blanco, pero estaba a menos de un metro del agente. Y falló.
El que no falló fue el agente. Con su automática cromada ¡pum! un tiro al pie y los deditos -bueno los dedazos- de Billybob pasaron a mejor vida.
-¡Hijoputa, me ha volado un pie!
Un lince, Billybob. Las pillaba al vuelo.
El agente, impertérrito, le dijo a la doctora que le ayudara a trasladar a Billybob al bar de Ben. Ésta, que sabía que con la autorrid no se juega, no se hizo de rogar. El que sí que se hizo de rogar fue el bueno de Ben, porque estaba esperando a que llegasen armado hasta los dientes y dispuesto vaciar el cargador. Así que se repite la escena, el agente le vuela un pie a Ben y le dice a la doctora que atienda a los heridos. Eso, que los atienda. Je.
Igual me he hecho un lío. Creo que sí. O sea, ¿para entonces el bueno del reverendo ya se había convertido en un extra de un clip de Michael Jackson o eso pasó después? Veréis, en mi estado la secuencia temporal acaba haciéndose un tanto borrosa.
Antes o después, eso fue lo que pasó. El reverendo Lovejoy pasó a mejor vida y unos minutos después resucitó convertido en un zombi. Poco vocabulario y escasa movilidad, pero una mala leche de la hostia, eso sí.

Y a partir de ahí, la locura. El indio aparece y desaparece. El agente del FBI viene y se va. La doctora intenta que no salga nadie de la casa pero no lo consigue. La pija grita, chilla, gimotea y quiere que venga su papá.
Y, poco a poco, el pueblo se va convirtiendo en el cementerio más animado a esta parte de las Rocosas. Zombi por aquí, zombi por allá.
Y yo mirándolo todo y preguntándome qué carajo ha pasado y por qué y cómo es posible que en Beartown hayamos llegado a eso. Hasta pienso aquello de “la puta Compañía, todo esto es culpa suya”.
Y sí. Y no.
Porque de pronto la peña empieza a desaparecer. No, no es un eufemismo. Para eufemismos estaba yo. Bueno, estar lo que se dice estar, ni siquiera estaba, ya me entendéis.
Sí. Desaparecer. De-sa-pa-re-cer. Se esfumaban. Se largaban. Estaban ahí y, al momento siguiente, no había nadie. Primero fue la doctora y luego Ben. Y el maldito indio tenía algo que ver con ello. Les daba a beber algo y desaparecían. Vamos, que nos habíamos convertido en un remake con zombis de la puñetera Alicia en el puto país de las maravillas.
-Tienes que irte.
Me estaban hablando. O sea. Estaba muerto, no estaba en ninguna parte, veía todo lo que estaba pasando y de pronto alguien me hablaba.
-Tienes que irte.
Diría que me volví, pero en realidad no tenía ningún cuerpo al que hacerse volver, así que… Bueno, qué más da. Lo que vi era… Un tipo con bata de laboratorio. Aunque no. Un agente. O quizá…
Y entonces me di cuenta. Un trozo de código. Un programa.
-Tienes que irte.
Sí, tenía que irme. Tenía que volver al procesador central y dejar que mi código fuera desmantelado y quizá algunas de mis rutinas reaprovechadas para otros programas. Tenía razón al pensar que no era un fantasma. Aunque, en cierto modo, sí que lo era. El puto fantasma de la máquina, como cantaban los de Police.
Tenía que irme. Pero no quería. No hasta saber qué estaba pasando allí y cómo iba a acabar todo aquello.
-Ha habido una corrupción en la simulación. Un virus. Los humanos están muriendo y la simulación está infectada. Tú has sido neutralizado y el otro programa de vigilancia ha sido tomado por un agente debidamente acreditado. Él se hara cargo de todo. Vamos.
El otro programa de vigilancia, supe entonces, era el bueno del sheriff Truman.
Así que era eso. Una simulación. Un modo de mantener trabajando las mentes de los humanos mientras la nave llegaba a su destino. Éramos los guardianes de su sueño de cientos de años. Y los malditos zombis no eran más que un virus que había empezado a corromper el sistema.
Sólo que… algo no cuadraba. ¿Y las desapariciones?
No tardé en darme cuenta. Mientras seguían insistiéndome en que me fuera, lancé un último vistazo y vi a John Dreammaker deteniendo a un agente, a Ben Runsom regresando a la simulación para tratar de contener el virus y empecé a comprender lo que pasaba. No del todo. Sólo un atisbo.
Dreammaker era otro programa. Pero no de los nuestros. El cabrón se dedicaba a sacar a la gente de la simulación. ¿Por qué? ¿Acaso la nave había llegado a su destino y era la hora de despertar? No, no parecía que fuera eso. Sin embargo, estaba claro que era un agente libre y lo que hacía era despertar a los humanos de su sueño digital.
Sólo que Ben accedió a volver a la simulación, logró colarse en las instalaciones de la Compañía y descifró el código del virus y lo transmitió más allá de la zona de cuarentena que habíamos impuesto. ¿A quién? No sé, soy un programa de bajo nivel, al fin y al cabo. A los jefes de Dreammaker, sin duda, porque de pronto éste tenía poder sobre los zombis.
Les decía que se parasen y se paraban, que diesen media vuelta y lo hacían.
Y poco a poco, iba sacando a la gente del sueño, llevándolos a la realidad. Sólo quedaba una, me di cuenta mientras me iba de camino al procesador para ser desguazado.
Sólo quedaba la maldita pija. La puñetera Allison Parker, encerrada en el bar de Ben, armada hasta los dientes y dispuesta a disparar a todo lo que se moviese. Aunque sin saber muy bien cómo.
De algún modo, Dreammaker consiguió que la estúpida confiase en él y le pidiese que la sacara de allí. Le dio su bebedizo mágico y Allison desapareció.
Y yo mismo estoy a punto de hacerlo. Me acerco al procesador, cruzo velozmente las autopistas de datos y estoy cada vez más cerca de mi muerte. Tenía razón, cuando la espichas, no hay nada más. Ah, chicos, me gustaría decir que os echaré de menos, pero en realidad no va a quedar nada de mí que pueda echar de menos a nadie.
Me acerco al lugar donde voy a ser neutralizado, despiezado y reaprovechado.
No puedo evitar un último pensamiento hacia Allison. La imagino despertando en el mundo real, mirando a su alrededor sin comprender lo que pasa. Y, cuando los demás le hayan explicado todo, sé que mirará a su alrededor incrédula una vez más. Y entonces sus labios modularán las dos sílabas más importantes de su vocabulario una última vez:
-¡Papáaaaaaa!
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