Un pueblo llamado Beartown: las armas
Octubre 8, 2009 | Beartown | Deja un comentario
El derecho a la autoedefensa es sagrado. Y en Beartown no íbamos a ser menos, qué narices.
A continuación, un pequeño muestrario del arsenal particular de algunos ciudadanos.
Un colt Navy, herededado mi tatarabuelo, el primer Joe Green en ser alcalde de Beartown:

Un genuino colt Peacemaker, la niña de los ojos del sheriff Truman:

Un revólver Smith & Wesson, un arma que no puede faltar en ningún hogar:

El Winchester ‘73 de Billybob, bueno, de su padre. De su tío, en realidad. Y de su padre. Bueno…

Mi siempre fiable Betty:

La pistola Mauser de Ben Runsom. Dice que la compró porque le recordaba a la pistola de Han Sola. Es un cachondo, ese Ben:

Y la automática del agente Sculder:

Un pueblo llamado Beartown: el testimonio del honesto Joe Green (y 2)
Octubre 7, 2009 | Beartown | Deja un comentario

Mis chicos. Aunque, bueno, si os soy sincero no sé qué narices pinta en la foto de familia la maldita pija, que no me trajo más que problemas. Si es que no se puede ser tan bueno, está claro. Y si algo era Beartown, y todos sus habitantes, era bueno. Lo maldito puto mejor, qué carajo.
Pero me estoy yendo por las ramas, que decía el otro. Y adónde debería irme es a la Compañía. Lo recordáis, supongo, me habían llamado con algo urgente. Y no voy a decir aquello de que uno no muerde la mano que le alimenta, porque el honesto Joe Green muerde lo que tenga que morder, si hace falta; pero se habían portado bien con el pueblo, y de bien nacidos es ser agradecidos, al fin y al cabo.
Así que me fui para allá. Y cuando llegué… bueno, confieso que no sé muy bien qué pasó. En un momento dado estaba allí, charlando tranquilamente con el bueno de Jehosua, el contable, y de pronto mi cuerpo estaba en el suelo con la garganta desgarrada y yo lo miraba desde arriba.
¿Flotar? No, qué carajo iba a flotar. Que no era un fantasma, coño. Yo no creo en esas cosas. El bueno del reverendo Lovejoy puede decir lo que quiera, pero cuando la espichamos, nos vamos para siempre. Pasto de gusanos, eso es lo que somos, por eso hay que disfrutar al máximo de esta vida, carajo. Porque no hay otra.
Ya, os preguntaréis en qué narices me había convertido si no era un fantasma. Bueno, no lo sé. O, para ser más exactos, no lo sabía. Lo único que tenía claro es que acababa de palmarla de una forma nada agradable pero que, de algún modo, seguía por allí y podía ver lo que pasaba. Y lo que pasaba no tenía buena pinta, para nada.
No sé qué coño estaban haciendo en la Compañía, pero algo se les había ido de las manos. El puñetero lugar estaba infestado de zombis. Sí, habéis oído bien. Zombis. Zeta, o, eme, be, i, ese. Putos zombis.
Y no parecía que tuvieran la situación bajo control, precisamente.
¿Y en el pueblo? Eso me habría gustado saber a mí. Y, en realidad, no tardé en saberlo. Porque, narices, si estaba muerto, podía irme a cualquier lugar, ¿no? ¿Quién me lo iba a impedir? ¿La ley de la Gravedad? Sí, venga, como que iba a tener jurisdicción sobre mí a aquellas alturas.
Confieso que lo descubrí de casualidad. Ya sabes, centras tu atención en un lugar y, de pronto, estás allí, o al menos ves lo que pasa. ¿Que no lo sabes? Bueno, peor para ti, pipiolo.
Sí, soy un cachondo, ya lo sé.
Cuando me dio por mirar lo que ocurría en Beartown me di cuenta de que iba a haber problemas. Bueno, iba a haberlos en cuanto llegasen los zombis al pueblo, pero no lo decía por eso. Acababa de llegar una “visita” de la reserva india. John Dreammaker, nada menos. Un puto tocahuevos que iba de chamán y hablaba en cripticonés. Que no, no es el idioma del planeta de Superman, pero como si lo fuera porque no se le entiende un carajo.

Y allí estaba, dándole la vara a la peña mientras comían en el garito de Ben Runsom. Que si no sé qué por aquí, que si no sé cuánto más por allá, que hombre blanco habla con lengua de serpiente, que salir es fácil sólo hay que pedirlo, que no sé cuántas milongas, pajas mentales e idas de olla cada vez que abría su puñetera boca de piel roja.
No, no soy racista. Bueno, o sí. Pero está claro que no están preparados para vivir como personas civilizadas. Claro, se han aprovechado de los huecos del sistema; los muy cabrones astutos sí que son. Como las reservas no están sujetas a la ley federal se están forrando poniendo casinos en ellas. Y eso no está bien, va contra el libre comercio que ha hecho grande a este país. O sea, las reglas son las mismas para todos, ¿no?
Bueno, no, pero ya me entendéis.
No había rastro del sheriff, por otra parte. Al parecer habían descubierto mi cuerpo. Pero, y eso es lo que tiene gracia, lo encontraron en el pueblo, no en las dependencias de la Compañía. O sea, alguien no quería que la gente se acercase por allí a husmear, eso estaba claro. Y si ya antes las cosas me daban mala espina, imaginaos ahora.
No había rastro del sheriff, digo. Se había ido a informar a las autoridades. Todo aquello, al parecer, le venía grande. Y más grande que le iba a venir.
¿Sigo? Sí, ya que he llegado hasta aquí, mejor lo hago.
Zombis. El sheriff que se va a llamar a los federales y desaparece. El alcalde muerto. Un indio diciendo cosas raras. Y, por si fuera poco, alguien había mordido al reverendo Lovejoy. Una vaca. O yo qué sé. Y no parecía que le estuviera sentando muy bien, precisamente. La doctora hizo todo lo que pudo, pero aparte de mantenerlo sedado y de vendarle la herida había poca cosa que hacer.
¿O suena chungo? Tranquilos, que lo chungo no ha empezado todavía.
Alarmados por la tardanza del sheriff, Billybob y la doctora se van a sus oficinas. ¿Y a quién se encuentran allí? Pues sí, a un puñetero agente del FBI. Dox Sculder, trajeadito, con gabardina, gafas de sol y la cabeza como una bola de billar. Bueno, con pinchitos, eso sí.

¿Y qué se le ocurre al bueno de Billybob? Ya os dije que ése chaval era un cachondo. Ni corto ni perezoso amartilla el Winchester ‘73 de su padre y encañona al agente. Así, con un par. El chaval no ha tenido nunca mucho cerebro, pero sí un par de pelotas del tamaño de las Rocosas.
-¡Agente federal, baje su arma!
-¡Una mierda!
-¡Le he dicho que baje su arma!
-¡Los cojones voy a bajarla!
¿Y no va y le pega un tiro al tipo del FBI? Así, a bocajarro, joder. Lo mejor no es eso. Es que no le da. O sea, vale, Billybob no quedaría ni el último en un campeonato de tiro al blanco, pero estaba a menos de un metro del agente. Y falló.
El que no falló fue el agente. Con su automática cromada ¡pum! un tiro al pie y los deditos -bueno los dedazos- de Billybob pasaron a mejor vida.
-¡Hijoputa, me ha volado un pie!
Un lince, Billybob. Las pillaba al vuelo.
El agente, impertérrito, le dijo a la doctora que le ayudara a trasladar a Billybob al bar de Ben. Ésta, que sabía que con la autorrid no se juega, no se hizo de rogar. El que sí que se hizo de rogar fue el bueno de Ben, porque estaba esperando a que llegasen armado hasta los dientes y dispuesto vaciar el cargador. Así que se repite la escena, el agente le vuela un pie a Ben y le dice a la doctora que atienda a los heridos. Eso, que los atienda. Je.
Igual me he hecho un lío. Creo que sí. O sea, ¿para entonces el bueno del reverendo ya se había convertido en un extra de un clip de Michael Jackson o eso pasó después? Veréis, en mi estado la secuencia temporal acaba haciéndose un tanto borrosa.
Antes o después, eso fue lo que pasó. El reverendo Lovejoy pasó a mejor vida y unos minutos después resucitó convertido en un zombi. Poco vocabulario y escasa movilidad, pero una mala leche de la hostia, eso sí.

Y a partir de ahí, la locura. El indio aparece y desaparece. El agente del FBI viene y se va. La doctora intenta que no salga nadie de la casa pero no lo consigue. La pija grita, chilla, gimotea y quiere que venga su papá.
Y, poco a poco, el pueblo se va convirtiendo en el cementerio más animado a esta parte de las Rocosas. Zombi por aquí, zombi por allá.
Y yo mirándolo todo y preguntándome qué carajo ha pasado y por qué y cómo es posible que en Beartown hayamos llegado a eso. Hasta pienso aquello de “la puta Compañía, todo esto es culpa suya”.
Y sí. Y no.
Porque de pronto la peña empieza a desaparecer. No, no es un eufemismo. Para eufemismos estaba yo. Bueno, estar lo que se dice estar, ni siquiera estaba, ya me entendéis.
Sí. Desaparecer. De-sa-pa-re-cer. Se esfumaban. Se largaban. Estaban ahí y, al momento siguiente, no había nadie. Primero fue la doctora y luego Ben. Y el maldito indio tenía algo que ver con ello. Les daba a beber algo y desaparecían. Vamos, que nos habíamos convertido en un remake con zombis de la puñetera Alicia en el puto país de las maravillas.
-Tienes que irte.
Me estaban hablando. O sea. Estaba muerto, no estaba en ninguna parte, veía todo lo que estaba pasando y de pronto alguien me hablaba.
-Tienes que irte.
Diría que me volví, pero en realidad no tenía ningún cuerpo al que hacerse volver, así que… Bueno, qué más da. Lo que vi era… Un tipo con bata de laboratorio. Aunque no. Un agente. O quizá…
Y entonces me di cuenta. Un trozo de código. Un programa.
-Tienes que irte.
Sí, tenía que irme. Tenía que volver al procesador central y dejar que mi código fuera desmantelado y quizá algunas de mis rutinas reaprovechadas para otros programas. Tenía razón al pensar que no era un fantasma. Aunque, en cierto modo, sí que lo era. El puto fantasma de la máquina, como cantaban los de Police.
Tenía que irme. Pero no quería. No hasta saber qué estaba pasando allí y cómo iba a acabar todo aquello.
-Ha habido una corrupción en la simulación. Un virus. Los humanos están muriendo y la simulación está infectada. Tú has sido neutralizado y el otro programa de vigilancia ha sido tomado por un agente debidamente acreditado. Él se hara cargo de todo. Vamos.
El otro programa de vigilancia, supe entonces, era el bueno del sheriff Truman.
Así que era eso. Una simulación. Un modo de mantener trabajando las mentes de los humanos mientras la nave llegaba a su destino. Éramos los guardianes de su sueño de cientos de años. Y los malditos zombis no eran más que un virus que había empezado a corromper el sistema.
Sólo que… algo no cuadraba. ¿Y las desapariciones?
No tardé en darme cuenta. Mientras seguían insistiéndome en que me fuera, lancé un último vistazo y vi a John Dreammaker deteniendo a un agente, a Ben Runsom regresando a la simulación para tratar de contener el virus y empecé a comprender lo que pasaba. No del todo. Sólo un atisbo.
Dreammaker era otro programa. Pero no de los nuestros. El cabrón se dedicaba a sacar a la gente de la simulación. ¿Por qué? ¿Acaso la nave había llegado a su destino y era la hora de despertar? No, no parecía que fuera eso. Sin embargo, estaba claro que era un agente libre y lo que hacía era despertar a los humanos de su sueño digital.
Sólo que Ben accedió a volver a la simulación, logró colarse en las instalaciones de la Compañía y descifró el código del virus y lo transmitió más allá de la zona de cuarentena que habíamos impuesto. ¿A quién? No sé, soy un programa de bajo nivel, al fin y al cabo. A los jefes de Dreammaker, sin duda, porque de pronto éste tenía poder sobre los zombis.
Les decía que se parasen y se paraban, que diesen media vuelta y lo hacían.
Y poco a poco, iba sacando a la gente del sueño, llevándolos a la realidad. Sólo quedaba una, me di cuenta mientras me iba de camino al procesador para ser desguazado.
Sólo quedaba la maldita pija. La puñetera Allison Parker, encerrada en el bar de Ben, armada hasta los dientes y dispuesta a disparar a todo lo que se moviese. Aunque sin saber muy bien cómo.
De algún modo, Dreammaker consiguió que la estúpida confiase en él y le pidiese que la sacara de allí. Le dio su bebedizo mágico y Allison desapareció.
Y yo mismo estoy a punto de hacerlo. Me acerco al procesador, cruzo velozmente las autopistas de datos y estoy cada vez más cerca de mi muerte. Tenía razón, cuando la espichas, no hay nada más. Ah, chicos, me gustaría decir que os echaré de menos, pero en realidad no va a quedar nada de mí que pueda echar de menos a nadie.
Me acerco al lugar donde voy a ser neutralizado, despiezado y reaprovechado.
No puedo evitar un último pensamiento hacia Allison. La imagino despertando en el mundo real, mirando a su alrededor sin comprender lo que pasa. Y, cuando los demás le hayan explicado todo, sé que mirará a su alrededor incrédula una vez más. Y entonces sus labios modularán las dos sílabas más importantes de su vocabulario una última vez:
-¡Papáaaaaaa!
Un pueblo llamado Beartown: el testimonio del honesto Joe Green (1)
Octubre 6, 2009 | Beartown | Deja un comentario
Aquí estoy, como si fuera un William Holden cualquiera, contando la historia desde el otro lado de la muerte. Ah, Holden, ése sí que era un cachondo, un tío simpático, como decía mi amigo Parrow de las Vegas.
Unos cachondos, sí, eso es lo que eran todos.
Ahí me teníais, niños y niñas, amigos y vecinos, damas y caballeros, por no olvidarnos de los miserables roedores: Joe Green, el honesto Joe Green, alcalde del mejor y más apacible pueblecito de todo Colorado. Joder, la puta sal de la tierra, sí, señor, eso era Beartown.
Y digo era. Porque ahora…
Pero me estoy adelantando a los acontecimientos. Como si fuera el tipo ciego ése que hablaba de guerras, troyanos, caballos de madera, y de un tío que tenía menos ganas de volver a casa que Rocco Siffredi de hacer voto de celibato. Un chachondo. El griego, digo. Bueno, y Rocco también. Homero. Sí, Homero, como el tipo ése de Springfield. Un cachondo también, sin duda.
Allí estaba Beartwon. La sal de la tierra, en serio, el puñetero paraíso en la tierra, eso era.
Y aquí estaba yo, el honesto Joe Green:

Un tío majo, ¿verdad?. Un cachondo. Alcalde, como lo fue primero mi padre, y antes mi abuelo, y antes de eso mi bisabuelo. Así éramos los Green, dándolo todo por Beartwon. Hasta la última gota de nuestra sangre, podéis jurarlo. Y, bueno, si en el camino algunos dólares se nos quedaban pegados a los dedos, ¿acaso era culpa nuestra?
Un gran pueblo, ya lo he dicho. Dejad que os presente al resto de los habitantes, tal como eran entonces, tal como querrían ser recordados.
Billybob. Un gran tipo en todos los sentidos. Sus padres también fueron grandes personas. Y sus tíos. Bueno, ahora que lo pienso, sus padres eran sus tíos. Un tío grande de verdad, el bueno de Billybob con su granja de remolachas y patatas. La sal de la tierra:

Y Ben Runsom… ¿qué puedo decir del bueno de Ben? Hombres como él han hecho de este país lo que es. Comerciantes, aventureros, capaces de frotar dos centavos hasta que den un dólar. Sí, eso es lo que ha hecho grande América, el comercio. Y Ben era de lo mejores. Su agua de fuego te hacía salir el pelo en el pecho, y lo que no encontrabas en su bar, es que no existía.

En cuanto a la doctora Kimball, una buena mujer, sin la menor duda. Bueno, quizá en la gran ciudad le llenaron un poco la cabeza con todas esas tonterías de la evolución, los monos y toda esa caraja, pero nadie mejor que ella para entablillar un brazo roto o mandar al carajo un dolor de cabeza. Y lo mismo curaba humanos que animales. Los huesos son los huesos, como decía mi padre.

Claro, el rollo ese evolutivo le causaba problemillas con el bueno del reverendo Lovejoy. Y no lo entiendo, porque, ¿quién podía tener problemas con el reverendo? Comprensivo, amable, nadie como él sabía tratar a los niños. Y, al contrario que otros, no se oponía al progreso. Sabía que la Compañía había venido a Beartwon para ayudarnos. Que era bueno que estuvieran aquí. Un gran tipo, el reverendo:

¿Y qué sería de todo pueblecito que se preciara sin la presencia de la ley? Como decía el sheriff Truman, “la justicia nunca descansa”. Y él tampoco lo hacía. Un hombre infatigable, para el que el deber estaba antes que cualquier otra consideración. Un verdadero defensor de la ley, como no ha habido otro:

En fin, qué puedo decir. Éramos un pueblo pequeño. Pero si los que os he presentado hasta ahora eran la sal de la tierra, el resto de los habitantes de Beartown no lo eran menos. En serio. No había lugar como Beartwon. El puñetero paraíso, sí, señor.
Con problemas, claro. ¿Dónde no los hay? Desde que llegó la Compañía y reabrió las viejas minas, empezó a haber quejas. La gente es como es, no les gustan los cambios, ni siquiera cuando son para mejor.
Billybob, por ejemplo… bueno, Billybob pensaba muchas cosas raras, como que a sus vacas las secuestraban los extraterrestres. Un cachondo, ya lo he dicho. Su padre también tenía ideas raras. Y su tío. Bueno, en realidad, los dos… Y últimamente no nos llevábamos muy bien por ese problemilla con el alambique. Tuvimos que confiscarlo, claro, no era legal. ¿Betsysue, qué pasa con Betsysue? La mejor vaca de Billybob, sin duda, un animal magnífico, soberbio. Vamos, hombre, esos rumores de que de noche he pasado por las tierras de Billybob y he aprovechado para… ¿no creeréis que…? Y en todo caso, era amor, no sexo. Quería a esa maldita vaca, ¿qué pasa?
A Billybob le costaba aceptarlo. Igual que le costaba aceptar que la Compañía había venido para traernos la prosperidad y ponernos en el mapa. En un lugar importante, carajo. Lo peor es que no estabasolo. El sheriff era un tío cojonudo, ya lo he dicho, pero desconfiaba demasiado de los forasteros. Y, demonios, ser precavido está bien, pero cuando ya te vuelves paranoico…
La doctora era un poco terca. Sí, vale, se vino de la gran ciudad porque quería tranquilidad (bueno, y no sé qué narices de un manco que la perseguía) y no quería que cambiasen su alegre y campechano refugio rural. Pero, como decía papá, hay que ceder un poco para ganar un poco.
Podía haber hecho que lo viera. Sé que podía haberlos convencido. Si hubiera tenido tiempo…
Menos mal que Ben y el reverendo estaban conmigo. Ellos sí que sabían ver una oportunidad cuando pasaba a su lado. Sí, con su apoyo no iba a tener ningún problema. Todo saldría adelante. Estaba seguro.
Hasta que llegó ella. No, no digo que haya sido culpa suya, pero no sé… todo sucedió a la vez. La niña rica llega al pueblo y de pronto todo se va al carajo.
Allison Parker, dijo que se llamaba. Una completa niña de papa que no ha dado palo al agua en su vida, y tan podrida de dinero que huele a tinta verde:

Eh, no me quejo, que conste. Un poco de clase y categoría no vienen mal por aquí, me dije. Y el dinero que podía traer, mucho menos. Así que la recibí con los brazos abiertos cuando tuvo la mala fortuna de ir a estrellarse en uno de los sembrados de Billybob.
Venga, me dije, deja que pase la noche en el pueblo, que vaya viendo lo bonito que es todo esto y ya verás cómo a la mañana siguiente la tienes en el bote y, antes de que se de cuenta, estará invirtiendo el dinero de papá en Beartown. Y si, en el camino, unos centavillos se me quedan pegados a los dedos… ya me entendéis.
Pero nada. Una niña rica insufrible. Quejándose de todo. Todo estaba demasiado sucio. Todo era demasiado antiguo. Bah.
Me olvidé de ella enseguida. Tenía cosas mejores en las que pensar. Además, me habían llamado los tipos de la Compañía. Y, con lo que pagaban, no iba a hacerles esperar.
Ojalá lo hubiera hecho. Pero, cómo podía yo saber…
(continuará)
Un pueblo llamado Beartown: unos minutos
Octubre 6, 2009 | Beartown | Deja un comentario
Durante el 12 de setiembre pasado, en la población de Cazo, que ya nos ha sufrido alguna otra vez, tuvo lugar la celebración, es un decir, de “Un pueblo llamado Beartown”, rol en vivo de un día coordinado por Daniel Prado.
Lo que sigue son unos minutos en los que el sheriff de la localidad “invita amablemente” a salir a un forastero.
