La caída de la Casa Coviella: La declaración de Leónidas Agripa

Marzo 24, 2009 | La caída de la Casa Coviella | Deja un comentario

Javier Cuevas, que participó en La caída de la Casa Coviella interpretando a Leónidas Agripa, esforzado investigador de lo paranormal, escribió un relato de las experiencias de su personaje que publicó en su blog, La alucinación de Gylfi. Ha sido tan amable de permitirnos reproducir aquí su texto.

He de escribir esto, he de darme prisa. No sé cuanto tiempo me queda.

La casa. La casa me dio mala espina desde el primer momento. Había pasado por allí varias veces el año pasado, y me había fijado en ella. Era difícil no verla, justo a la entrada del pueblo. La maldita casa…

Reconozco que en un principio no le dí mucha importancia. Absorto en ése instante en el increíble misterio de los Dólmenes Errabundos de Ponga -que terminó implicando a varios destiladores montaraces de orujo de hierbas ilegal, un vendedor de tractores japoneses, una anciana ciega que reparaba paraguas y a un fabricante de queso que drogaba a sus ovejas con el hachís que él mismo cultivaba- no pude concentrarme en los detalles del viaje, repetido varias veces, que me internaba una y otra vez en las montañas. Baste decir que cuando uno persigue menhires que levitan y cambian de sitio constantemente, rodeados de fuegos fatuos, por los Picos de Europa, si algo puede llamar su atención aunque sea por un instante, no será algo baladí…

No pude apartar de mi mente la imagen de la casa, situada al final de la carretera que desciende desde las montañas -que antes has tenido que subir por la otra vertiente, mucho más larga- para alcanzar el valle envuelto en sombras. Aún recuerdo los dos cigarrillos que consumí allí aparcado, mirándola, con el motor en marcha, mientras por la radio uno de mis cámaras aullaba de dolor al haber sido atacado por una oveja asesina completamente colocada de María. Mientras tanto, los turistas entraban y salían, ruidosos y sonrientes, de lo que por lo visto era ahora un alojamiento rural. No había terminado el segundo cigarro cuando la luz, que en el mundo real se ocultaba tras las terribles montañas, se hizo en mi mente. Había visto antes aquella casa.

No había cambiado mucho. La foto en blanco y negro sobre papel malo era granulosa, imprecisa, y los largos años en archivos olvidados no la habían tratado bien. Pero era la misma casa.

Durante algún tiempo, no muchos años atrás, apenas llegado a la profesión, había sido becario en la COPE. Allí me había visto obligado a trabajar en la documentación de un abyecto reportaje titulado Oviedo, la ciudad dos veces sitiada por los Rojos. En el curso de mi trabajo de documentación había encontrado aquella imagen en la prensa local de la ciudad sitiada durante la Guerra Civil, que hablaba de un extraño suceso ocurrido en las montañas en las que me encontraba investigando en aquél momento.

En 1937, según aquella noticia, todos los habitantes del pueblo, reunidos en asamblea local en aquella casa, habían desaparecido. El periódico hablaba de algo peor que el terror rojo, y si se tiene en cuanta que éste los estaba bombardeando con obuses de artillería en ese momento, algo peor que eso tenía que ser muy, pero que muy malo.

De inmediato empecé a darle vueltas. ¿Cómo habían sabido en una ciudad sitiada e incomunicada lo que ocurría a más de 70 kms de caminos imposibles de aquél entonces? Y de ser cierto, ¿que había ocurrido con aquellos habitantes?

El asunto fue desplazado de mi agenda por otras exigencias: la Alerta Ovni de Barbate, el extraño caso del Cristo de Salvatierra que salió corriendo, la Niña Que Levitaba en Móstoles… Mi agenda me mantuvo alejado de aquella casa como si el destino se hubiera citado conmigo para un día y una hora concretos.

En realidad, fue la polémica lo que me llevó allí. Los continuos debates en internet, los feroces ataques de los círculos escépticos encabezados por Arístides García, sus intervenciones en foros y blogs… Todo ello acabó por tener tanta incidencia sobre la cadena de televisión que prácticamente desplazó a todo lo demás. Si el enfrentamiento era inevitable, me dije, al menos que sea en el terreno adecuado. Y aunque no nos conocíamos en persona, cité a mi contrincante delante de esta extraña casa para desafiar allí mi sentido de la percepción y su escepticismo.

Con estas premisas me encaminé a la vieja casona entre las montañas, donde ahora escribo estas notas.

No he tenido una vida profesional fácil. La búsqueda de lo incognoscible, lo misterioso, lo arcano, me ha llevado por oscuros senderos. A menudo he rozado los lindes del Otro Mundo, y casi siempre lo he encontrado menos peligroso que éste. Si vas a una casa encantada tienes que tener cuidado con el Más Allá, pero aún mucho más cuidado con el Más Acá, que suele llevar navajas y jeringuillas. Un okupa con un martillo es mucho más peligroso que una entidad ectoplásmica o supurante.

Yo aprendí todo esto a costa de mi propia sangre durante mi búsqueda antropológica de las famosas Vírgenes Guerreras Ninfómanas de Kosovo (un documental que nunca llegó a emitirse por la dureza de sus imágenes). Cuando entré en aquella selva plagada de ruinas lo hice con una cámara de fotos y una mochila de estudiante, y al salir, dos semanas más tarde, por el otro extremo, sólo llevaba mis zapatos y un Kalashnikov. No me preguntéis más.

Desde entonces suelo iniciar mis investigaciones bien pertrechado. Por supuesto están mis cámaras: mi Panasonic de cinto con funda de piel de hiperbóreo y la potente Z30 de doce aumentos. El reportaje no parecía necesitar la presencia de vídeo, y además todos mis operadores y ayudantes se habían negado a volver conmigo a las montañas asturianas, aduciendo problemas nerviosos y de salud. El reportaje sobre los Dólmenes Errabundos y las posteriores declaraciones de una de las excursionistas desaparecidas, una joven turista de Albacete que no dejaba de balbucear sobre caballos salvajes antropófagos, acabaron minando su valor. No tengo para ellos palabras de reproche. Algún día, cuando les den el alta, comprenderán.

El intrépido investigador de lo oculto que pretenda llevar la luz sobre ciertos hechos necesitará, por lo pronto, una linterna. Mi Philips alógena, potente y práctica, ilumina la desesperada escritura de estas notas. No menos puedo decir de mi polidetector volumétrico y termográfico, que zumba y emite fúnebres pitidos a mi lado en estos momentos (pero debo permanecer frío y continuar).

Nunca será suficientemente ponderada la humilde navaja, que lo mismo te sirve para cortar un cable de teléfono o una atadura que te permite aviar un tentempié en las más precarias condiciones. Poco hay que explicar de las pilas de repuesto.

Los elementos disuasorios son casi tan importantes en la vida del osado investigador de lo oculto como sus herramientas de trabajo. Al fin y al cabo, por mucho equipo periodístico que uno lleve consigo, dar una crónica certera cuando te han cosido a puñaladas resulta una empresa harto difícil.

Para solucionar los imprevistos que a menudo nos abordan en descampados, montañas solitarias, casas abandonadas, grutas profundas, desiertos olvidados y selvas impenetrables, nada mejor que un buen puñal de desollar jabalíes. Lo mismo sirve para abrirse paso a través de un bosque enmarañado que para solventar una discusión en un aparcamiento. Los guantes tipo CSI nos permitirán recoger -o eliminar- limpiamente las pruebas de cualquier sucedido. En el mismo orden de cosas mencionaré lo tranquilizador que resulta sentir el peso cercano de mi vieja Beretta de 9mm, Candelaria, que me salvó de un destino varias veces peor que la muerte cuando me enfrenté a los Sodomizadores Suicidas de la Diosa Khali en Cerveguillas de la Sierra, provincia de Soria. Que nadie tema nunca llevar demasiada munición. Tal concepto no existe.

Unas cerillas largas de chimenea resultarán siempre útiles cuando fallen las pilas, si hace falta improvisar unas antorchas o para encender elegantemente las velas de unos candelabros si la fortuna nos acompaña y sale un plan. Las fans ávidas de saborear el riesgo a través de nuestra piel son una de las pocas compensaciones que nos ofrecerá esta vida de peligros, antes de sumergirnos en lo incognoscible. Asegurémonos, eso sí, de que sus dientes no sean excesivamente puntiagudos -atención a los colmillos- y de que esa mirada de deseo febril no esconda, en realidad, algún tipo de apetito menos mundano. Toda fama es efímera y bueno es aprovecharla, pero no nos descuidemos…

En cuanto a las gafas protectoras de bricolaje, sólo puedo decir que son un elemento esencial en la vida del investigador de lo oculto. Lo primero que intentan las sombras es cegar al que busca. Ya se trate de arenilla, una piedra arrojada con mala fe o una pútrida emanación ectoplásmica, las gafas pueden suponer la diferencia entre la vida y la muerte. Es importante ponérselas, eso sí, para que manifiesten toda su eficacia.

Mi viejo chaleco de las Fuerzas Especiales de la Marina Soviética y mis bolsas acolchadas  se encontraron, junto con todo mi equipamiento y mi misma mismidad, con el escéptico Aristides Garcia ante la puerta de la vieja Casa Coviella. Recuerdo que justo en ése momento dos caminantes solitarios surgieron de las sombras, saludándonos con una leve inclinación de cabeza. Parece que hayan pasado días, cuando apenas han transcurrido algunas horas desde nuestro encuentro. Uno de ellos era un cura de aspecto extraño, que me hizo pensar en una especie de capellán de la mafia de vacaciones. Ahora yace en un sofá, cerca de la entrada, con una herida sangrante en la sien, molido a golpes por la culata de mi pistola.

Arístides ha resultado de muy poca ayuda. Envarado, ve hologramas -la electricidad se ha ido hace horas, y no hemos encontrado ni un solo cable, ni un sólo ingenio en las viejas paredes- y trucos por todas partes mientras balbucea de terror. Sospecho que a pesar de su actitud despectiva e impaciente ha captado, como yo, que la oscura esencia de la casa nos devora.

Pero, ¿que es ése ruido?. ¡Dioses oscuros, ya empieza otra vez…!

No puedo extenderme mucho más. Suenan pasos de inconcebible pesadez en la escalera. Escribo esto en mi habitación, a la luz de la linterna moribunda, y cuando toda suerte de extraños acontecimientos han caído sobre nosotros. En la habitación de al lado hay un viejo muerto, en el piso de abajo su anciana mujer delira, gritando que hace tan sólo un año ella era una sex symbol. He matado al mismo muerto dos veces, y a pesar de los dos cargadores que he vaciado sobre él creo que es el mismo que pasea sobre sus sangrantes muñones más allá de la puerta. La joven drogadicta grita en el piso de abajo. He llegado hasta el final a base de dejar que los otros pasaran primero y fueran cayendo, no porque me faltara el valor, sino porque era necesario. Alguien debía dejar testimonio de todo esto, y los demás no parecen capaces de hacerlo. Lamento haberle pegado una paliza al cura hace unos momentos, pero me pareció muy sospechoso que no supiera latín, y ellos a mí sí que me sacudían con una regla en las uñas a la mínima, los cabrones.

¡Se oyen gritos, golpes nuevamente, un alarido de mujer…! Espero que el autor de este barullo no sea el Padre Merrin o tendré que volver a sacudirle con la pistola. Las pilas se acaban. No podré seguir escribiendo. Debí traer más. Nunca se traen suficientes pilas.

He visto algo. Lo he visto al disparar, a la luz confusa de los fogonazos. Mis balas no parecen dañarle, pero él si puede tocarnos. Bien, como decía Howard, de cuyo relato La Piedra Negra tanto me he acordado en estas montañas, si nos toca puede sangrar, y si sangra puede ser muerto. Aún me quedan dos cargadores.

No puedo describir su presencia con palabras, no son suficiente. La batería del portátil también se acaba. Es una visión espantosa que surge de las sombras, una burla inhumana. Es como si la cabeza del Gato Silvestre se hubiera reencarnado sobre el cuerpo del Príncipe Hamlet, y éste intentara decirnos algo político. Siempre que aparece, lo hace con el puño izquierdo en alto.

¡Están gritando otra vez! ¡Esos golpes…! ¡Esos golpes espantosos…!.

¡¡La ventana, oh Dios mío, la ventana…!!

Texto y fotografías encontrados en la copia de seguridad del ordenador portátil de Leónidas Agripa, investigador de lo oculto, en una vieja casa abandonada en las montañas de Ponga.

© 2007, Javier Cuevas por el texto y las fotografías

La caída de la Casa Coviella: créditos y personajes

Marzo 23, 2009 | La caída de la Casa Coviella | 1 Comentario

Créditos

La caída de la Casa Coviella tuvo lugar el día 5 de mayo de 2007 en la población asturiana de Cazo. 

Fue diseñado, desarrollado y coordinado por Felicidad Martínez y Rodolfo Martínez.

Participaron en su puesta en escena: Marisa Cuesta, Javier Cuevas, Germán Herrán, Jesús Mañoso, Felicidad Martínez, Rodolfo Martínez, Álvaro Muñiz, Iván Olmedo, Antonio Rivas y Manuel Uría.

Argumento

Hace algún tiempo alguien compró una de las casas propiedad de la familia Coviella para montar en ella un hotelito rural. Dos jóvenes procedentes de la ciudad. Cuando el hotel se abre al público, sin embargo, son dos ancianos quien lo llevan. 

Pelayo, el benjamín de la familia Coviella, se pasa por allí de vez en cuando y ayuda a los viejos. Cuando la historia arranca los clientes que hay en el hotel son un grupo de “hippies” fumetas: Luna, Chandra y Santos. Se espera la llegada de dos clientes más: Leónidas Agripa y Arístides García. Aparecen además, de repente, el padre Merrin y Esteban de Benito.

Todo parece ir bien, hasta que el vejete que lleva el hotelito sube a las habitaciones para prepararlas para sus huéspedes. Se oyen unos gritos. Alarmados, todos suben a ver qué pasa y encuentran muerto al anciano. En ese momento, se va la luz y comienza el terror.

Personajes
  Luna (Marisa Cuesta) 

Una de los tres fumetas. Cordial, agradable, siempre dispuesta a ver el lado positivo en todo. Es una medium natural,aunque no lo sabe.

  Chandra (Álvaro Muñiz) 

Lleva desde los dieciséis años dándole al misticismo y las drogas. Busca expandir su mente y hacerse uno con el universo. Es el gurú del grupo de fumetas.

  Santos (Jesús Mañoso) 

Ambicioso, siempre a la busca del poder y la oscuridad. Pero su apariencia es la de tipo enrolladete y buena persona. Tiene profundos conocimientos de magia oscura.

  Pelayo (Pelayín) (Germán Herrán) 

Natural del pueblo. El benjamín de la familia que antes era propietaria de la casa. Ha jugado en ella, en su infancia. Nunca ha dejado el pueblo, ni ha sentido la menor necesidad de hacerlo.

  Esteban de Benito (Antonio Rivas) 

Joven problemático, con una discapacidad auditiva. Con un talento natural para “arreglar” aquello que está roto y para detectar, tanto en las personas como en las cosas, que hay algo descompuesto y debe ser arreglado.

  Francisco Merrin, s.j. (Iván Olmedo) 

Sacerdote inmerso en una crisis de fe. Ambicioso y dispuesto a lo que haga falta para “trepar” en la Iglesia. Recientemente ha conocido a Esteban y ha descubierto que su sola presencia le proporciona paz.

  Arístides García (José Manuel Uría) 

Revienta-mitos profesional. Un racionalista extremo. Ha destapado multitud de fraudes a lo largo de su carrera. Los charlatanes místicos y los ocultistas de salón lo temen. Mantiene una relación epistolar con Leónidas Agripa, que tiene un programa de radio sobre “fenómenos misteriosos”.

  Leónidas Agripa (Javier Cuevas) 

El showman de lo oculto. Tiene un programa de radio dedicado a lo misterioso y lo desconocido. Vive de la credulidad y la superstición ajena. Es un descreído en todas esas cosas, aunque, en el fondo…

  Los vejetes (Felicidad Martínez y Rodolfo Martínez) 

Regentan el hotelito. Apacibles y buena gente. Un tanto despistados y olvidadizos. Parecen tener extraños momentos de lucidez en los que recuerdan otras cosas.

  El espítitu de la casa (Rodolfo Martínez) 

La personificación antropomórfica de las fuerzas oscuras que animan la casa.